Get a job.Go to work.Get married. Haveildren.Follow Fashion. Act normal.Walk on the pavement . Watch TV. Obey the law . Save for your old age. Now repeat after me : " I AM FREE "
domingo, 13 de mayo de 2012
A la gente les desagrada ver por la calle frases escritas en los muros porque les hace pensar. Es triste, pero es la conclusión que yo, al menos, he alcanzado. Sus vidas se rigen por compartimentos estancos, realidades estáticas en las que moverse como autómatas, de una a otra, sin darse cuenta de que todo es parte de lo mismo, de que sus vidas están vacías y de que persiguen el oasis de una felicidad que ni siquiera conocen, que la publicidad les ha hecho codiciar, consumir y acumular en un rincón. En un contexto así, cuando la gente sale a la calle sale con prisa, a comprar, a dirigirse a su puesto de trabajo o al instituto o a la facultad, al médico... y no soportan que, en ese momento, alguien les diga que, en realidad, lo que están viviendo no es real, que son vidas ficticias diseñadas y puestas ante sus ojos para ocultar la realidad del conflicto, de ese conflicto que cada noche hace que les asalte la duda y que una voz en su cabeza les grite "¿Hay vida antes de la muerte?".
Es curioso, pero las pintadas es como la violencia. La gente día a día es testigo de grandes dosis de violencia. La miseria en sus barrios, la brutalidad policial, los talegos, la droga, el trabajo explotado, los destrozos en el medio ambiente, el vivir con frustración y miedo... son cosas que, a la larga, les vuelven impermeables, interiorizan la necesidad y naturalidad de esa violencia y la toman por lógica o por normal. La violencia, como todo, tiene una serie de espacios en los que ocurrir, en los que desenvolverse. La gente, inmune a la violencia cotidiana, paga entonces por ver la violencia en las corridas de toros, en los combates de boxeo o en las pelis norteamericanas de acción. Sin embargo, es cuando esa violencia se sale de su cauce y se convierte en incontrolable para pasar a ser una expresión del descontento emergente entre las clases más puteadas por esta sociedad, cuando se convierte en un problema y es rechazada.
La Internacional Situacionista decía que donde acaba la realidad, comienza la fiesta.
Donde el espectáculo no puede cegarnos, donde nuestras relaciones son verdaderamente humanas, sanas y sinceras, donde el fuego consume las ruinas de un mundo en guerra permanente, donde la pasión rompe la rutina, donde las ganas de vivir vencen al miedo o al aburrimiento, donde los sueños se hacen realidad, donde la realidad no actúa como mediadora entre el/la sujeto y sus experiencias, donde construimos nuestras vidas en colectivo. Allí empieza la fiesta.
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