A la gente les desagrada ver por la calle frases escritas en los muros porque les hace pensar. Es triste, pero es la conclusión que yo, al menos, he alcanzado. Sus vidas se rigen por compartimentos estancos, realidades estáticas en las que moverse como autómatas, de una a otra, sin darse cuenta de que todo es parte de lo mismo, de que sus vidas están vacías y de que persiguen el oasis de una felicidad que ni siquiera conocen, que la publicidad les ha hecho codiciar, consumir y acumular en un rincón. En un contexto así, cuando la gente sale a la calle sale con prisa, a comprar, a dirigirse a su puesto de trabajo o al instituto o a la facultad, al médico... y no soportan que, en ese momento, alguien les diga que, en realidad, lo que están viviendo no es real, que son vidas ficticias diseñadas y puestas ante sus ojos para ocultar la realidad del conflicto, de ese conflicto que cada noche hace que les asalte la duda y que una voz en su cabeza les grite "¿Hay vida antes de la muerte?".
Es curioso, pero las pintadas es como la violencia. La gente día a día es testigo de grandes dosis de violencia. La miseria en sus barrios, la brutalidad policial, los talegos, la droga, el trabajo explotado, los destrozos en el medio ambiente, el vivir con frustración y miedo... son cosas que, a la larga, les vuelven impermeables, interiorizan la necesidad y naturalidad de esa violencia y la toman por lógica o por normal. La violencia, como todo, tiene una serie de espacios en los que ocurrir, en los que desenvolverse. La gente, inmune a la violencia cotidiana, paga entonces por ver la violencia en las corridas de toros, en los combates de boxeo o en las pelis norteamericanas de acción. Sin embargo, es cuando esa violencia se sale de su cauce y se convierte en incontrolable para pasar a ser una expresión del descontento emergente entre las clases más puteadas por esta sociedad, cuando se convierte en un problema y es rechazada.
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